11.4.07

Aquí Y En Tu Otro Mundo I

*Advertencia: Debido a la longitud del texto tuve que postearlo en dos partes. Esta es la primera y continúa en el post anterior. Sepan disculpar…cosas de Terra blog.

A veces me invento historias. Vidas. A veces me hacés creer que nada de la mía tiene importancia. Y a veces yo también me lo creo. Y entonces miro a mi alrededor. Pienso en lo que me pasa. Y me doy cuenta de que no necesito inventar personajes porque estoy rodeada de ellos. Rodeada de vidas dignas de ser contadas. Rodeada de milagros cotidianos. Y no necesito ir más allá de mi mundo para escribir una historia. Porque tengo la mía. Que la construyo yo y la han construido otras tantas mujeres, antes. Por una de ellas y por él, nació esta historia.

- Vieja, comé un poquito más, sólo un poquito, hacelo por mí. No podés estar sin comer. Te estás poniendo débil-. Ella no contestaba. Fija su mirada vaya a saber en qué parte, fijos sus ojos azul cielo vaya a saber en qué rostro. Mirándolo sin ver. Rompiendo el corazón de ese hombre que la miraba suplicante pidiendo ser reconocido.

No quiso terminar la comida. Apenas pudo convencerla de tomar algo de sopa y comer unos trocitos de pollo que él había cortado cuidadosamente, condimentado como a ella le había gustado siempre. Era un día más en ese calvario que ya llevaba meses. ¡Todo había pasado tan de prisa! Él no dejaba de culparse, no porque tuviese culpa alguna, sino porque preferiría ser él quien estuviese vagando en otros mundos, quien no quisiera tragar bocado, quien se dejara morir, quien no conociera los rostros, las voces, los lugares…

Hacía lo posible por despertarle el entusiasmo perdido, por encontrar una forma con la que robarle una sonrisa (¡hacía tanto que ella no reía y él tenía tan presente esa risa en su memoria!…como si la hubiese visto ayer, como si nunca hubiese dejado de hacerlo), pero ella se mantenía ajena a sus intentos, buscando en el laberinto de su memoria a ese rostro que sentía haber visto antes.

Él no aceptaba lo que estaba pasando, y se ilusionaba cuando ella, como despertándose de un largo sueño, parecía mirarlo. Mirarlo a los ojos. Mirarlo a los ojos y reconocerlo. O cuando en un momento de lucidez inesperada susurraba su nombre, le acariciaba el rostro y le hacía sentir que también ella lo amaba.

Pero ella volvía al sueño, a ese sueño que soñaba despierta y que nadie era capaz de descifrar. A esa vida paralela a la que él no tenía acceso. ¡Se iba tan lejos! Tan lejos que olvidaba de dónde había venido y quiénes estaban a su lado. Tan lejos que no reconocía al hombre que, sentado a los pies de la cama, le contaba anécdotas de una historia compartida apelando a una memoria que, ya todos sabíamos, la había abandonado hacía mucho tiempo.

Me gustaba acompañarlo en esa cama, sentada a su lado, también mirándola a ella en búsqueda de esa mujer perdida que una vez conocimos. Adoraba escuchar sus anécdotas, sentirme partícipe de esa historia de amor que sólo él recordaba, porque ella estaba ya vagando en otros mundos, vaya a saber dónde, vaya a saber si con otros amores. Me gustaba mirar sus ojos iluminados por los recuerdos, sentirlo rejuvenecer al rememorar una sonrisa, un tímido beso, una aventura, un viaje, un baile, una carta de amor, una travesura, una discusión terminada con un abrazo. De vez en cuando ella también recordaba, y asentía con la cabeza, y reía de “Aquella vez, vieja, ¿te acordás?, cuando fuimos a la playa con los nenes y, en la locura de la multitud, tomaste con una mano a Joaquín y con la otra a un niño que no era el nuestro y que recién nos dimos cuenta cuando estábamos en el auto, cuando el barullo terminó y pudimos oír al pobre nene que lloraba por su madre y porque no entendía lo que estaba pasando”; y lagrimeaba con emoción al recordar “Cuando nos casamos, vieja, cuando éramos unos jovencitos que no sabíamos ni en qué nos estábamos metiendo”; y hasta tarareaba esa canción, “Aquella, vieja, aquella que sonaba cuando nos conocimos”. Y yo los miraba incrédula, incrédula de verla a ella de vuelta, incrédula de verlo a él tan feliz, incrédula de saber que, en unos minutos, se iría otra vez, lejos, muy lejos. Estando a nuestro lado. Estando tan cerca.

Con el tiempo las cosas se pusieron más difíciles.
- La vieja se me quiere ir Manuela, ya no me reconoce, definitivamente no me reconoce, no come, no se levanta, a veces se despierta y no sabe dónde está, no sabe con quién está… ¡porque no me reconoce Manuela! Se nos quiere ir, Manu, la viejita se nos quiere ir.

Y yo temía con toda mi alma decirle que ya se había ido, hacía mucho tiempo que ella se había ido. A pesar de que él se negara a aceptarlo. A pesar de sus intentos de revivirla en cada recuerdo, en las historias que le contaba a los pies de la cama, queriendo creer que ella se reconocía en ellas, queriendo creer que ella lo reconocía a él. Quizá pensara que, con su amor, podría devolverla al lugar al que pertenecía. En este mundo, en esta casa, con nosotros, con él.

Ya no me llamaba Manuela. Ya no me llamaba. A veces se asustaba al verme, me miraba y hacía un esfuerzo enorme por encontrar en su mente cuándo antes había visto ese rostro, en qué momento había estado en ese lugar. Contenía mis lágrimas al escucharlo decir, pacientemente, – Vieja, es Manuela, nuestra nieta, Manuela, nuestra nieta preferida… ¿Te acordás?-. Y al volver a preguntar su voz se cortaba, y yo podía adivinar en sus ojos que también él contenía las lágrimas, que también a él esta pena le inundaba el alma, y reconocía en su voz una fragilidad que desconocía en mi abuelo Alberto, mi abuelo preferido. Ella hacía un esfuerzo por recordar. Y no lo lograba, pero fingía una sonrisa como si lo hiciera, porque imagino que, al igual que yo, percibía en la voz de ese hombre una súplica ahogada que le pedía desde lo más profundo se su alma que supiera quién era Manuela, quién era ella, quién era él.

Cuando ella sonreía, cuando ella fingía esa sonrisa de reconocimiento, él le creía, le creía porque ella siempre había sido su fuerza y porque quería seguir manteniéndola viva. Y manteniéndose vivo. Y hacía caso omiso a los desvaríos de la abuela, a las veces que lo llamaba por otros nombres (¡Hacía tanto tiempo que no salía de sus labios la palabra Alberto! ¡Tanto tiempo que ya ni él se molestaba en corregirla, que aceptaba los nombres de otros hombres con tal de sentirse llamado por ella!); hacía caso omiso a las veces que intentaba huir de la casa creyéndose que no era la suya, a las veces que lo insultaba creyéndose estar con un extraño, a las veces que rechazaba sus abrazos, sus palabras, sus manos sosteniendo las suyas, a las veces que se negaba a comer, a hablar, a salir de la cama. No quiso aceptar una enfermera que pudiera ayudarlo, porque prefería creer que no necesitaba ayuda, que su fuerza resistiría, que la abuela un día despertaría llamándolo por su nombre, que la abuela un día nos recordaría, se recordaría a ella, lo recordaría a él.

 

princesa-bacana    1:36 am — Categoría: Sin categoría


Aquí Y En Tu Otro Mundo II

*Continuación del post de arriba*

Creí que era el momento de intervenir. El abuelo no podía estar solo cargando con ella. Yo no podía llevarlos conmigo así que le propuse lo que, a mi modo de ver, era la mejor solución: una casa de salud. Aún recuerdo su enojo, su decepción al escuchar de mi boca esas tres simples palabras que tanto llegaron a herirlo.
- ¿A una casa de salud? Hablan de ella como si fuera un paquete. Yo no estoy “cargando” con ella, estoy VIVIENDO con ella –. Me había dicho, tajante, con una dureza que no conocía en la voz del dulce abuelo Alberto- Ella cuidó de mí hasta que las fuerzas le dieron. Yo voy a hacer lo mismo. Y no hay nada más de qué hablar -.

Y lo hizo. Cumplió su promesa. Y una mañana visité la casa y no me encontré con el abuelo Alberto sentado a los pies de la cama.

Decidimos no decirle nada a la abuela. Continuaba perdida en su mundo, de nada servía hablarle de la muerte de un hombre que, pese a los años compartidos, le resultaría ajeno.

A la mañana siguiente, luego del entierro, me dirigí hacia su casa para poder atender a la abuela como lo hubiese hecho él. La encontré despierta, fijos sus ojos azules en la ventana de la habitación, a mi parecer, más ida que nunca. Tuve deseos de abrazarla, de llorar junto con ella todo el dolor por la pérdida de ese gran hombre, del hombre que ella no podía siquiera nombrar. Pero sabía que no iba a entenderlo y me senté a los pies de la cama dispuesta a intentar distraerla con cualquier cosa, con la lectura de un libro tal vez, comentándole noticias del día que olvidaba al minuto de habérselas dicho y que seguramente escucharía asintiendo para complacerme.

- Abuela, ¿cómo estás? ¿Viste que lindo día? Parece que la primavera ya se está acercando, ¡si supieras el calor que hace afuera!
La abuela ladeó la cabeza hacia a mi, pensé que seguramente hallaría en sus ojos inseguridad y que debería explicarle (esta vez sola. Por primera vez sola) quién era ella y quién era yo. Pero su mirada no expresaba inseguridad, sino extrañeza. Antes de que pudiera seguir inventando trivialidades para distraerla, encontré a sus ojos azul cielo fijos en los míos y escuché su voz dulce (¡que hacía tanto no oía!) decirme:
- Manuela, ¿Dónde está Alberto? ¿Dónde está el abuelo?
Creí que mi corazón explotaba. Tenía ante mí en ese instante, y tal vez sólo por ese instante, a la mujer que el abuelo tanto había querido reencontrar, en vano, siempre en vano.
Dudé qué contestarle. Pensé en mentirle, pensé en decir que Alberto (¡Alberto!, ¡Había dicho Alberto!) había salido a hacer las compras. Pero no pude, porque supe que ella debería saberlo, porque supe que él querría que ella supiera.
- Abuela, el abuelo…el abuelo murió.
Y ya no pude contener las lágrimas, y tampoco pude contener el deseo de abrazarla y de llorar en sus brazos todo lo que no había podido llorar. Y ella me abrazó, y también lloró, y lloramos por el abuelo, por Alberto, por el hombre que la había amado tanto. Y lloré por ella, por ella y su mundo perdido, por ella pronunciando el nombre que el abuelo no podía escuchar… Lloré por mí, por haberlos perdido, por aprender recién ahora lo que significaba amar.
¡Alberto, mi Alberto!, susurraba ella, repitiendo una y otra vez como por arte de magia ese nombre que se le había ido de la mente pero que ahora volvía
y removía en ella todos los recuerdos, las anécdotas, los bailes, los nenes, la playa, los nietos, la canción que fue testigo de su unión…el hombre que cumplió su promesa y veló por ella hasta perder la vida con el último latido de su corazón. Que es también el mío, que es también el tuyo, el tuyo, abuela, aunque ya no lo recuerdes y ahora cuando dejemos de abrazarnos ya no sepas quién es la chica apoyada en tu regazo, cómo llegó a vos, por qué lloramos, por qué tu corazón late cada vez con más y más fuerza.
Volvió a su mundo, volvió a mirar hacia ventana y ya no habló más de Alberto ni volvió a llamarme Manuela.
No comió esa noche y, al acostarla en la cama, me quedé mirándola dormir, sentada a sus pies, pensando si al menos en sueños volvería a conectarse con sí misma, con su vida, con el abuelo y sus recuerdos y podría seguir llorando la pena que oprimiría su corazón.
Seguramente lo hizo, y el reencuentro fue tan fuerte, que ya no quiso volver a abrir los ojos al día siguiente para perderse en ese mundo que había vuelto fijos y lejanos sus ojos azul cielo.
Adiós, abuela, sé que te encontraste con él.
Adiós, abuelo, sé que, al fin, escuchaste tu nombre salir de sus labios.

princesa-bacana    1:34 am — Categoría: Sin categoría


19.3.07

Venganza De Mujer

¿Cuántas veces me dijiste "¿Quién las entiende?" englobando en mi persona a todo el género femenino? ¿Cuántas veces te escuché decir, ante una de mis decisiones (tomadas después de una larga indecisión) que nunca sabemos lo que queremos? Por todas las veces que me intenté explicar y no me entendiste. Por todas las decisiones que tomé y que creíste opuestas a lo que yo misma sostuve antes. Por mis contradicciones, mis idas y vueltas, mi inseguridad y mi orgullo. Para que me entiendas, o al menos lo intentes, la dejo hablar a ella…

Se había despertado temprano, como todas las mañanas. Sus días se habían vuelto rutinarios; sus acciones, mecánicas. Su vida, monótona. Un día como cualquier otro, pensó, mientras repasaba en su mente las actividades que había planeado realizar. Se miró al espejo sin verse. Acomodó su pelo rojizo en un moño y descubrió con horror una nueva cana. Recurriría a la tintura en cualquier momento: “Y pensar que el color de mi pelo era lo que más le gustaba de mí. Lástima que eso no alcance para enamorar a un hombre”, pensó para sí. Y siguió mirando sin verse en ese acto mecánico en que se había convertido el enfrentarse al espejo.

 Estaba llegando tarde, por primera vez en varios años de trabajo en la oficina. La triste oficina que le robaba la vida de lunes a viernes desde las ocho de la mañana hasta la seis de la tarde. ¿Hacía cuánto que trabajaba en ese lugar? Cuatro años y seis meses, calculó, aterrada. Si bien la idea había sido tomarlo como un trabajo temporal hasta terminar sus estudios y recibirse de abogada, el tiempo había pasado, el título ya estaba colgado en la pared, pero jamás había podido conseguir algo que le permitiera salir de esa cárcel.

 Llegar tarde por quedarse mirando (por décima vez) el final de La boda de mi mejor amigo que había encontrado en el cable de casualidad. No podía existir algo más patético. Y todo para lagrimear con Julia Roberts (tan sola como ella), que termina bailando con su amigo gay mientras el amor de su vida se casa con la rubia perfecta de Cameron Díaz. No era bueno eso de enamorarse de los amigos. Los hombres sí que sabían diferenciar el amor de la amistad.

Llegó a la parada con la esperanza de alcanzar el ómnibus que solía tomarse cuando se atrasaba unos minutos, pero fue inútil. Esta vez iba a llegar verdaderamente tarde. Decidió tomar el 141 que, si bien le servía para ir a su trabajo, nunca lo tomaba porque la dejaba un poco lejos. A esa hora de la mañana lo que menos quería era caminar. Pero en esta ocasión no podía ser tan exquisita. Esperar el próximo 62 la haría demorar mucho más.

Subió al ómnibus con desgano, pensando en lo estúpida que había sido por haberse quedado mirando una película que sabía de memoria y, por ese acto ridículo de inconsciencia, llegar tarde al trabajo, justo ahora que las cosas con el jefe no andaban muy bien. De pronto, una voz masculina interrumpió su pensamiento.

- Pelirroja, tanto tiempo-. Antes de girar la cabeza y dirigir la mirada hacia el pasajero que estaba ubicado justo en el asiento de atrás, ella supo, con toda seguridad, que era él.

- Francisco, ¡qué sorpresa! – dijo ella, corroborando que sí, efectivamente, era él.

 - Sí, no puedo creer que te haya encontrado acá. Vos nunca tomás este ómnibus. Al menos a esta hora. Nunca te había visto y hace cinco años que tomo este ómnibus a esta hora para ir al trabajo. En realidad, me tomo el anterior, pero hoy estoy llegando tarde – aclaró él, con esa voz ronca que a ella siempre le había gustado.

 - Ah, sí, lo que pasa es que yo tomo siempre el 62. Me deja más cerca de la oficina. Hoy también estoy llegando tarde, por eso me decidí a tomar éste - ¡Cuánta coincidencia! Seguro esto era obra del destino. Tenían que encontrarse, pensó ella, ilusionada.

- Bueno, Juli – ¡cómo le gustaba que él la llamara así!-, dejemos de hablar de ómnibus y hablemos de nosotros. Contáme cómo estás, qué es de tu vida – hizo un silencio, pensativo-. Sé que lo que te voy a proponer te parecerá una locura pero, ya que nos encontramos, ¿no quisieras que vayamos ahora a tomar un café? Ya estamos llegando tarde de todos modos, una horita más, una horita menos…-. Sí, era una locura. Pero no se podía negar. Era la locura más maravillosa que se le podía presentar en esta vida. Ir a tomar un café con Francisco, después de casi seis años sin verse y que fuera él el que la invitara con esa voz ronca y esos ojos color miel que eran su mayor encanto. No había nada que pensar. Aceptaba. Ya lo había dicho él, ya estaban llegando tarde.

Eligieron una mesa alejada en el primer bar que encontraron al bajar del ómnibus. Julia no podía creer todavía la aventura que estaba viviendo. Ella que se había despertado creyendo que este día era sólo un día más. El que empezó a hablar fue él. Cosa que no debería llamarle la atención, porque siempre había sido así: él hablaba y ella, pacientemente, escuchaba. Le contó que había estado casado hasta el año anterior: “Con aquella compañera nuestra, Mariana, la rubia, ¿te acordás?”, le había dicho, haciéndose el distraído. Pero cómo no iba a acordarse, si Mariana, la rubia (teñida, agregaría ella) era la que se había metido entre los dos cuando Julia estaba profundamente enamorada de él. Y creía que a él le pasaba lo mismo. “Sí, me acuerdo”, se limitó a decir, con una sonrisa forzada.

 Los primeros años habían sido buenos, siguió contándole él, se llevaban fenomenal y funcionaban bien en “todos los aspectos” (comentario que ella preferiría que hubiera omitido). Pero después había llegado el bebé. Sí, ella había quedado embarazada y, la verdad, no había sido un hijo buscado. No era nada contra el niño, al contrario. Tampoco contra la madre, por supuesto. Simplemente él no estaba preparado para tanto. Preferible separarse en ese momento que dejar que las cosas siguieran deteriorándose.

Había pensado mucho en ella en todos esos años, le dijo. Más de una vez se había preguntado si seguiría teniendo ese pelo rojo y largo. Estaba muy feliz de haberla encontrado en este momento de su vida, en el que lo único que quería era encontrar una persona que lo entendiera y que quisiera compartir buenos momentos con él. Estaba arrepentido de todo lo que le había hecho, aunque había que entender que eran jóvenes y que en esa época uno no es muy consciente de lo que hace.

- Ahora habláme de vos – le dijo él, mirándola a los ojos, con esa voz ronca que a ella le había dejado de resultar tan seductor-: ¿estás casada, soltera, ennoviada?

- Sí - dijo ella, después de unos segundos de silencio y reflexión-, felizmente casada –. Y observó con placer la cara de sorpresa de Francisco y agradeció la gruesa alianza de la abuela en su dedo anular.

La conversación terminó minutos después. Como era de esperarse, a él dejó de interesarle su pelo rojizo cuando supo que ella no estaba disponible, de la misma manera que a ella dejó de interesarle su voz ronca cuando se dio cuenta de que no valía la pena escuchar lo que él tenía para decir.

No, no estaba casada y ni siquiera era feliz. Vivía sola con un gato y hasta hacía unas horas creía que él era el amor de su vida. Pero tenía orgullo, un orgullo que sólo una mujer como ella podía entender. Salió del bar soltándose el pelo rojizo, olvidándose de la nueva cana que se asomaba y de las que amenazaban con venir, sabiendo que, desde una mesa alejada en un bar del que no sabía el nombre, un hombre la miraba y se arrepentía de, algún día, haberla hecho sufrir.

princesa-bacana    10:23 pm — Categoría: Sin categoría


15.3.07

Vivir Huyendo

Hoy no tuve un buen día en mi historia. Qué mejor que seguir con la de ella…

Apagón. Justo a mí me tenía que pasar. Apagón en un cuarto de hotel en una ciudad desconocida. Había llegado ahí hacía quince días. Necesitaban una actriz soltera, sin hijos, sin ninguna clase de compromisos, que estuviera dispuesta a viajar a Estados Unidos para realizar una obra de teatro en una comunidad uruguaya. El llamado era ideal para mí. No se sabía por cuánto tiempo se iba a presentar la obra allá, dependería del éxito (o no) que tuviera.

Creí que era mi oportunidad. Mi oportunidad para saltar a la fama, para conocer un país tan fantástico como Estados Unidos, para hacer el mayor cambio de aire que jamás había hecho. Debo reconocer que, además, había un par de asuntos acá en Montevideo de los que prefería huir. No había robado nada, no había engañado a nadie, no me buscaba la policía ni tenía ninguna clase de problemas de ese tipo. Huía de mis propios miedos: de mi madre, del que por ese entonces era mi novio; de la casa que compartía con él y que ya me estaba asfixiando; de esa ciudad que ya conocía y me aburría tanto, de su noche y del recuerdo de mi padre. O tal vez debería llamarlo el fantasma de mi padre.

Me fui. Dejé todo inconcluso como suelo hacer y me fui. Sin muchas explicaciones, evitando las despedidas, huyéndole a los reproches, cerrándole el paso a cualquier clase de sentimiento que se animara a asomar en mi corazón. Cuando llegué a Estados Unidos, lejos de sentirme fascinada por todo lo nuevo que tenía ante los ojos sentí miedo, un miedo que me parecía no haber sentido nunca. De repente me vi ahí, rodeada de todos esos rostros desconocidos y de esa ciudad inmensa en la que yo tenía que empezar de cero, como si mi vida anterior no valiera nada, no existiera. Pero ¿no había sido eso lo que había hecho siempre? Sí, ya debería estar acostumbrada, pero también estaba cansada de reinventarme una historia una y otra vez. De construir un presente intentando olvidar el pasado.

Apagón. Quedé por unos minutos inmóvil, con el corazón que latía cada vez más fuerte en ese silencio y esa oscuridad que siempre me había provocado terror. Cerré los ojos. No sé qué clase de recurso es ese. Al cerrar los ojos se pasa de una oscuridad a otra todavía mayor. Pero en esa oscuridad se puede imaginar. En esa oscuridad se puede pensar cosas, crear imágenes en la mente que, al menos por un rato, puedan darte luz. Desde chica lo había hecho y siempre que las luces se apagaban cerraba los ojos e imaginaba a mi padre. Esta vez no fue así. Cerré los ojos y, sin buscarlo, vinieron a mi cabeza recuerdos que me dieron la respuesta a tantas preguntas que me hacía y que aún no la tenían. Apareció en mi cabeza la imagen de mi madre, mi madre haciéndome adiós en el aeropuerto, mi madre diciendo que si era mi felicidad iba a apoyarme. Apareció también Sebastián, mi novio. Sebastián diciendo que me extrañaba, y yo contestándole yo también. Y apareció Juanita, la compañera de todas mis locuras, la que más me conoce y la que, a pesar de eso, sigue buscándome aunque yo me quiera alejar. Juanita diciendo suerte amiga, yo diciendo gracias amiga, por primera vez.

Cuando quise acordar abrí los ojos y la luz ya estaba ahí. Pero había estado también dentro de mí mientras tenía los ojos cerrados. En ese mismo momento hice las valijas y decidí volver. No tenía sentido seguir huyendo. Porque ya no había nada de qué huir.

 

 

princesa-bacana    1:05 am — Categoría: Sin categoría


14.3.07

El Estigma De Un Nombre

Esta tarde, una nueva vida nació en mi cuaderno. Quizá la necesitaba. Quizá haya algo que refleje de mí. Quizá hubiera querido ser valiente como ella. Su historia, al igual que la mía, recién empieza…

Le tengo miedo a la oscuridad. Tengo veintitrés años y todavía sigo sintiendo miedo cuando se apagan las luces y quedo sola en ese vacío negro. Se supone que ya tendría que haberlo superado. Pero me es imposible no pensar en mi padre cuando me encuentro a oscuras. Es increíble cómo te marcan las cosas que te pasan de niña. Tenía siete años cuando mi padre se fue. Y esa misma noche mi madre decidió que era demasiado grande para dormir con la portátil encendida. No puedo estar a oscuras sin pensar en esa noche. Y en mi padre.

 Me llamo Abigail. Fíjese qué paradoja. Mi nombre significa “la alegría del padre”, pero crecí con la idea que mi madre me hizo creer como una verdad absoluta: papá se había ido por mí, la había dejado porque no me quería. A mí no me había parecido así pero, cuando te repiten una y otra vez la misma sentencia, uno la termina aceptando. Supongo que por eso me cuesta tanto creer en que puedo hacer feliz a alguien, aunque los de mi alrededor digan lo contrario. No me gusta aferrarme a nadie o, más bien, prefiero que nadie se aferre a mí. Me cuesta no encariñarme con la gente, lo reconozco. Pero prefiero mantener cierta distancia. Mis relaciones siempre fallan por lo mismo: soy la consejera, la que escucha, la compañera pero muy pocas veces me dejo acompañar. Y eso molesta. A la gente le gusta abrirse a los demás pero también que el otro se abra. Para sentirse útil, qué se yo. Y es ahí, cuando empiezan con las preguntas que yo, muy sutilmente, me voy alejando.

Soy actriz. En la actuación encontré la mejor manera de vivir mis emociones sin reconocerlas como propias. Vivo vidas que no son mías, sufro penas que no comparto, derramo lágrimas desde lo más profundo de mi alma pero que los demás no saben de dónde vienen. No hacen preguntas. Interpreto un personaje y nada más. Aunque dentro de mí la revolución de sentimientos sea inimaginable.

Siempre estoy alegre. Aunque, en realidad, no lo esté. Al menos eso demuestro. Los que conocen a mi madre no entienden cómo la hija de una mujer como ella puede ser tan optimista, tan simpática, tan extrovertida. Por supuesto que eso no lo digo yo sino los demás. Ya le dije que me cuesta creer que pueda ofrecer algo valioso a alguien.

Me cuesta estar demasiado tiempo en un mismo lugar. Termino aburriéndome, sintiendo una asfixia que sólo pasa cuando tomo mis cosas y me voy. Viene bien un cambio de aire. Pero a veces quisiera no depender del lugar donde estoy para sentirme bien, sino sentirme bien en el lugar donde esté. Y supongo que por eso estoy acá. No sé si necesita saber algo más de mí.

- No, está bien. Creo que por hoy es suficiente. Aunque ahora no puedas verlo, Abigail, haber venido a terapia fue tu primer gran paso.

princesa-bacana    12:07 am — Categoría: Sin categoría


11.3.07

La Razón

Me preguntás por qué escribo todos los días en un cuaderno cada detalle de mi existencia. Por qué lo llevo a todas partes y cuido tanto esas hojas escritas, tachadas, garabateadas y a veces arrancadas, que relatan lo poco interesante que es mi vida.

 - ¿Para qué tenés la memoria?-, me decís, un poco agresivo, celoso de ese cuaderno al que tenés prohibido el acceso. - ¿Tan importante es tu vida que tenés que andar escribiéndolo todo?-.

Seguidor de un gran mito. ¿Por qué lo que se escribe tiene que ser importante? ¿Por qué no puedo rescatar de lo importante, de lo poderoso, de lo fantástico y original, lo mundano, lo miserable, lo cotidiano, lo rutinario, lo simple, como vos y como yo?

No te alcanza mi respuesta. E insistís, volvés a insistir - ¿Para qué te sirve? ¿Ganás algo con eso?-.

Le gano a la memoria de la que antes me hablaste. Guardo los momentos que dentro de un tiempo me querrá robar. Le niego su capacidad de destruirme. De disfrazar mis recuerdos. De volver extraño lo conocido. De olvidar lo que le conviene e inventar lo que no vivió.

Escribo lo que me duele, lo que me alegra, lo que vivo y lo que quisiera vivir. Escribo lo que soy y lo que no me voy a atrever a ser nunca. Escribo lo que me averguenza, lo que me produce orgullo, lo que me da placer. Escribo lo que nunca digo, lo que nadie sabe de mí.

Escribo que no te quiero, que no soy feliz contigo y me invento otras vidas en las que todo tiene sentido, en las que no me reprimo y en las que me animo a vivir aquello que ni siquiera me atrevo a escribir.

 

De lo más profundo de mi ser nace este blog. Estas son mis otras vidas.

princesa-bacana    9:19 pm — Categoría: Sin categoría

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