11.4.07
Aquí Y En Tu Otro Mundo I
*Advertencia: Debido a la longitud del texto tuve que postearlo en dos partes. Esta es la primera y continúa en el post anterior. Sepan disculpar…cosas de Terra blog.
A veces me invento historias. Vidas. A veces me hacés creer que nada de la mía tiene importancia. Y a veces yo también me lo creo. Y entonces miro a mi alrededor. Pienso en lo que me pasa. Y me doy cuenta de que no necesito inventar personajes porque estoy rodeada de ellos. Rodeada de vidas dignas de ser contadas. Rodeada de milagros cotidianos. Y no necesito ir más allá de mi mundo para escribir una historia. Porque tengo la mía. Que la construyo yo y la han construido otras tantas mujeres, antes. Por una de ellas y por él, nació esta historia.
- Vieja, comé un poquito más, sólo un poquito, hacelo por mí. No podés estar sin comer. Te estás poniendo débil-. Ella no contestaba. Fija su mirada vaya a saber en qué parte, fijos sus ojos azul cielo vaya a saber en qué rostro. Mirándolo sin ver. Rompiendo el corazón de ese hombre que la miraba suplicante pidiendo ser reconocido.
No quiso terminar la comida. Apenas pudo convencerla de tomar algo de sopa y comer unos trocitos de pollo que él había cortado cuidadosamente, condimentado como a ella le había gustado siempre. Era un día más en ese calvario que ya llevaba meses. ¡Todo había pasado tan de prisa! Él no dejaba de culparse, no porque tuviese culpa alguna, sino porque preferiría ser él quien estuviese vagando en otros mundos, quien no quisiera tragar bocado, quien se dejara morir, quien no conociera los rostros, las voces, los lugares…
Hacía lo posible por despertarle el entusiasmo perdido, por encontrar una forma con la que robarle una sonrisa (¡hacía tanto que ella no reía y él tenía tan presente esa risa en su memoria!…como si la hubiese visto ayer, como si nunca hubiese dejado de hacerlo), pero ella se mantenía ajena a sus intentos, buscando en el laberinto de su memoria a ese rostro que sentía haber visto antes.
Él no aceptaba lo que estaba pasando, y se ilusionaba cuando ella, como despertándose de un largo sueño, parecía mirarlo. Mirarlo a los ojos. Mirarlo a los ojos y reconocerlo. O cuando en un momento de lucidez inesperada susurraba su nombre, le acariciaba el rostro y le hacía sentir que también ella lo amaba.
Pero ella volvía al sueño, a ese sueño que soñaba despierta y que nadie era capaz de descifrar. A esa vida paralela a la que él no tenía acceso. ¡Se iba tan lejos! Tan lejos que olvidaba de dónde había venido y quiénes estaban a su lado. Tan lejos que no reconocía al hombre que, sentado a los pies de la cama, le contaba anécdotas de una historia compartida apelando a una memoria que, ya todos sabíamos, la había abandonado hacía mucho tiempo.
Me gustaba acompañarlo en esa cama, sentada a su lado, también mirándola a ella en búsqueda de esa mujer perdida que una vez conocimos. Adoraba escuchar sus anécdotas, sentirme partícipe de esa historia de amor que sólo él recordaba, porque ella estaba ya vagando en otros mundos, vaya a saber dónde, vaya a saber si con otros amores. Me gustaba mirar sus ojos iluminados por los recuerdos, sentirlo rejuvenecer al rememorar una sonrisa, un tímido beso, una aventura, un viaje, un baile, una carta de amor, una travesura, una discusión terminada con un abrazo. De vez en cuando ella también recordaba, y asentía con la cabeza, y reía de “Aquella vez, vieja, ¿te acordás?, cuando fuimos a la playa con los nenes y, en la locura de la multitud, tomaste con una mano a Joaquín y con la otra a un niño que no era el nuestro y que recién nos dimos cuenta cuando estábamos en el auto, cuando el barullo terminó y pudimos oír al pobre nene que lloraba por su madre y porque no entendía lo que estaba pasando”; y lagrimeaba con emoción al recordar “Cuando nos casamos, vieja, cuando éramos unos jovencitos que no sabíamos ni en qué nos estábamos metiendo”; y hasta tarareaba esa canción, “Aquella, vieja, aquella que sonaba cuando nos conocimos”. Y yo los miraba incrédula, incrédula de verla a ella de vuelta, incrédula de verlo a él tan feliz, incrédula de saber que, en unos minutos, se iría otra vez, lejos, muy lejos. Estando a nuestro lado. Estando tan cerca.
Con el tiempo las cosas se pusieron más difíciles.
- La vieja se me quiere ir Manuela, ya no me reconoce, definitivamente no me reconoce, no come, no se levanta, a veces se despierta y no sabe dónde está, no sabe con quién está… ¡porque no me reconoce Manuela! Se nos quiere ir, Manu, la viejita se nos quiere ir.
Y yo temía con toda mi alma decirle que ya se había ido, hacía mucho tiempo que ella se había ido. A pesar de que él se negara a aceptarlo. A pesar de sus intentos de revivirla en cada recuerdo, en las historias que le contaba a los pies de la cama, queriendo creer que ella se reconocía en ellas, queriendo creer que ella lo reconocía a él. Quizá pensara que, con su amor, podría devolverla al lugar al que pertenecía. En este mundo, en esta casa, con nosotros, con él.
Ya no me llamaba Manuela. Ya no me llamaba. A veces se asustaba al verme, me miraba y hacía un esfuerzo enorme por encontrar en su mente cuándo antes había visto ese rostro, en qué momento había estado en ese lugar. Contenía mis lágrimas al escucharlo decir, pacientemente, – Vieja, es Manuela, nuestra nieta, Manuela, nuestra nieta preferida… ¿Te acordás?-. Y al volver a preguntar su voz se cortaba, y yo podía adivinar en sus ojos que también él contenía las lágrimas, que también a él esta pena le inundaba el alma, y reconocía en su voz una fragilidad que desconocía en mi abuelo Alberto, mi abuelo preferido. Ella hacía un esfuerzo por recordar. Y no lo lograba, pero fingía una sonrisa como si lo hiciera, porque imagino que, al igual que yo, percibía en la voz de ese hombre una súplica ahogada que le pedía desde lo más profundo se su alma que supiera quién era Manuela, quién era ella, quién era él.
Cuando ella sonreía, cuando ella fingía esa sonrisa de reconocimiento, él le creía, le creía porque ella siempre había sido su fuerza y porque quería seguir manteniéndola viva. Y manteniéndose vivo. Y hacía caso omiso a los desvaríos de la abuela, a las veces que lo llamaba por otros nombres (¡Hacía tanto tiempo que no salía de sus labios la palabra Alberto! ¡Tanto tiempo que ya ni él se molestaba en corregirla, que aceptaba los nombres de otros hombres con tal de sentirse llamado por ella!); hacía caso omiso a las veces que intentaba huir de la casa creyéndose que no era la suya, a las veces que lo insultaba creyéndose estar con un extraño, a las veces que rechazaba sus abrazos, sus palabras, sus manos sosteniendo las suyas, a las veces que se negaba a comer, a hablar, a salir de la cama. No quiso aceptar una enfermera que pudiera ayudarlo, porque prefería creer que no necesitaba ayuda, que su fuerza resistiría, que la abuela un día despertaría llamándolo por su nombre, que la abuela un día nos recordaría, se recordaría a ella, lo recordaría a él.
princesa-bacana
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